25/07/2017

Para todos y con todo por la educación

En Mexicanos Primero proponemos una educación incluyente que sea obsesión y aspiración auténticamente nacional y que atraviese todos los sectores: el sector oficial, la sociedad civil, el sector productivo, los comunicadores, los intelectuales, los artistas y los científicos, y que también involucre lo mejor de los recursos materiales en las escuelas, lo más destacado del talento profesional en los educadores, la más densa red de apoyos y corresponsabilidad en su gestión.

*David Calderón

Secretario General de REDUCA

Presidente ejecutivo de Mexicanos Primero

A diferencia de otras latitudes, en donde la escuela nació individualista, privada y para reforzar el privilegio, la escuela mexicana nació prosocial, con la aspiración a un alcance universal y solidario. Como se plasma ya en nuestra primera Constitución, el Decreto de 1814, la educación “…siendo necesaria para todos los ciudadanos, debe ser favorecida por la sociedad con todo su poder”.

Por eso, en Mexicanos Primero proponemos una educación incluyente que sea obsesión y aspiración auténticamente nacional y que atraviese todos los sectores: el sector oficial, la sociedad civil, el sector productivo, los comunicadores, los intelectuales, los artistas y los científicos, y que también involucre lo mejor de los recursos materiales en las escuelas, lo más destacado del talento profesional en los educadores, la más densa red de apoyos y corresponsabilidad en su gestión.

¿Con qué contamos en México? Con un esfuerzo de infraestructura que no tiene igual en la región; con un esfuerzo de producción de libros de texto gratuito que, tan sólo el año pasado, implicó 180 millones de ejemplares; y con una fuerza de docentes pagados por el Estado que ronda el millón de personas.

 

En los albores del siglo XX, contar con aula, libros y maestros estaba rígidamente condicionado a la localidad en la que un niño nacía y al poder de compra de sus padres. Nacer fuera significaba estar prácticamente excluido de por vida de la escuela, y con ello ser condenado a una asimetría permanente de influencia y poder, de voz y de agencia. Era quedarse cementado a la condición de ser parte de la sociedad, pero no tomar parte en ella. Los tres esfuerzos descritos fueron y son una hazaña de equidad que no debemos olvidar. Incluir, año tras año, a 23 millones de niñas, niños y jóvenes en la escuela pública es para llenarse de orgullo.

Ahora necesitamos un paso de madurez en el país. Ya no basta ofrecer más educación, más de lo mismo. Para ser la comunidad que queremos, necesitamos otra educación.

Sin olvidar el alcance cuantitativo, la demanda es cualitativa: todos queremos una educación para la ciudadanía, para la paz, para el desarrollo pleno, para la democracia, para el siglo XXI; una educación para no sólo ser parte de la sociedad, sino para tomar parte en las decisiones que nos atañen y para brindar nuestra parte a la hora de generar cultura y riqueza, y que esa cultura y esa riqueza se redistribuyan con criterios de justicia.

En Todos: Estado de la educación en México 2017, publicación de Mexicanos Primero, sostenemos (con múltiples referencias a la investigación educativa y al enfoque de derechos humanos universales) que la clave para lograrlo es la triple inclusión: estar incluidos en la escuela, estar incluidos en el aprendizaje y estar incluidos en las decisiones que nos conciernen.

Hoy no todo es para todos y todas. No sólo algunas poblaciones históricamente discriminadas son olvidadas y permanecen invisibles; lo más grave es que, para lidiar con el problema de la exclusión (y más frecuentemente, para obviarlo) se deshumaniza a las personas implicadas, se las clasifica, se las categoriza, se las etiqueta. La clasificación de poblaciones segmenta, “normaliza” y detiene la diversidad.

Debe reconocerse, honestamente, que hay barreras para el aprendizaje, no sólo afuera, sino también adentro de las escuelas, de las secretarías y del sistema educativo nacional, y lo que hay que corregir son los servicios. La realidad es que determinados grupos de población, etiquetados como “vulnerables” (y, por ello, “débiles” o “deficientes”), han sido y son marginados, excluidos, del sistema. No hay (como tales) “poblaciones vulnerables” en educación, o todos lo somos desde distintos ángulos y medidas; hay, en cambio, servicios frágiles, arreglos vigentes en los que se perpetúa la incapacidad técnica y fáctica para abordar integralmente su tarea de inclusión.

Tengamos aspiraciones altas sobre el país. Dejemos atrás el derrotismo o la justificación, la simulación o la amenaza. Asumamos que toda niña y niño puede aprender al máximo, que eso es su derecho, que tenemos responsabilidad de ello. Miremos a todos, mirémonos todos.

Es hora de recuperar la esperanza, es hora de romper las etiquetas. La primera barrera, el primer muro, está en nuestra visión. Ya no más etiquetas, ya no más vendas para tapar nuestros ojos. Que todos los niños y jóvenes estén, aprendan y participen en la escuela.